Los males de la IASD (5º): Cobardía

“Esfuérzate y sé valiente… Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra…” (Josué 1:6-7).

En entregas previas de esta serie abordamos la errónea concepción sobre qué es “atacar a la iglesia” (a nivel interno); asimismo, la tendencia muy asentada a la “acepción de personas”, dando una primacía antibíblica a los dirigentes; la persistente marginación de la mujer, que frente a avances inevitables, sigue encontrando oposición en los más altos estamentos de la IASD; por último, la ausencia de autocrítica, muy especialmente en el plano institucional, grave en la medida en que refleja una resistencia al arrepentimiento.

En esta entrega queremos hablar de otro mal muy presente entre nosotros: la cobardía, en su dimensión más propiamente moral. Un vicio que subyace a todos o casi todos los males ya tratados, pero que –en parte justamente por eso– merece un tratamiento aparte.

Prudencia y valentía

“Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín… Por la fe Noé… condenó al mundo… Por la fe Abrahán… salió sin saber a dónde iba… Por la fe Moisés… dejó Egipto sin temer la ira del rey… Apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada… ¡Hombres de los cuales el mundo no era digno!” (Hebreos 11:4,7-8,24,27,37-38).

Del mismo modo que se ha de distinguir el valor de la temeridad, no es lo mismo ser cobardes que prudentes. La Palabra de Dios ensalza la virtud de la prudencia (véase 1 Reyes 4:29; 1 Crónicas 22:12; Proverbios 10:13; Lucas 14:28-32). Condena actitudes y conductas imprudentes (Jueces 16:17-22; Mateo 26:33-35,75; Lucas 6:48-49). A la vez –en un consejo que, por ejemplo, separa a la Biblia de la ética aristotélica– advierte que no usemos la prudencia como base última de nuestras acciones, pues ese papel debe reservarse a la fe en el Señor (Proverbios 3:5).

He aquí un detalle importante, pues muchas veces excusamos nuestra falta de acción –cuando esta es necesaria– so capa de prudencia. Actuación más negativa de lo que a veces nos parece, ya que puede disfrazar nuestra falta de fe.

En esa fe está la clave de la valentía cristiana. No estamos llamados a ser valientes según el mundo, que exalta el “coraje”, la “bravura” y la “sangre fría” naturales, sino de acuerdo con la concepción divina (ver Jeremías 9:23-24; 23:9-11; Hebreos 11). La que se resume en la expresión “por la fe”. La valentía cristiana resulta de mirar ante todo a Cristo, no a nosotros mismos ni al peligro que tenemos encima. Si Moisés no temió al faraón fue porque, en lugar de concentrar su atención en el poder de este, “se sostuvo como quien ve al Invisible” (Hebreos 11:27).

Cobardes en el plano interno

En el seno de la IASD, sobre todo en su ámbito institucional, nos hemos buscado buenas coartadas para no ser valientes. El “haya paz”, el énfasis en la preservación de la “unidad de la iglesia”, el rechazo de la “crítica” y las disensiones son algunas de ellas. La mayoría de los hermanos, conforme a su propia disposición anímica, evita meterse en “líos” (lo cual tiene algo de sano). Y los pocos que se enredan en ellos son fácil y prontamente tachados como “conflictivos” (sin duda los habrá de suyo, pero no por ello la etiqueta deja de ser reduccionista). Se les acusa, en suma, de “atacar a la iglesia”.

De este modo, reaccionamos como cualquier otro grupo en el que rigen relaciones de dominio. Se culpabiliza la libertad de expresión y se restringe drásticamente la transparencia. Todo sea, se supone, por el orden interno (y en el fondo, por el mantenimiento de la dominación).

Pero así penalizamos a los valientes –no todos los críticos lo son, pero a menudo requiere cierta valentía serlo– y los animamos a dejar de serlo. Ante una situación de opresión a un miembro, vemos con recelo sus quejas y nos abstenemos de apoyarlas incluso cuando, si es el caso, las encontramos legítimas. Aún más, propendemos a castigarlo, y lo mismo hacemos con el que levanta su voz para defenderlo. Esto es parte de la espiral del poder, pero es también la manifestación de una cobardía colectiva.

No hay duda de que la Palabra de Dios recomienda enfáticamente la paz y la unidad (ver 1 Tesalonicenses 5:13; Hebreos 12:14; Juan 17:21-23; Efesios 4:13). Pero no las pone como valores supremos ni en nuestra acción hacia fuera (ver p. ej. Mateo 10:34-39; Apocalipsis 14:9-12) ni hacia dentro de la iglesia (cf. Jeremías 6:13-14; Juan 16:1-4).

Hay, en relación con las disensiones, un texto paulino bastante esclarecedor en el que solemos reparar poco. Se encuentra en 1 Corintios 11:17-19. Tiene que ver con la manera en que los corintios celebraban la cena del Señor (11:20), pero parece obvio que la enseñanza ahí recogida se puede aplicar igualmente a otros contextos.

Pablo empieza lamentando que haya disputas en la iglesia: “No os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Pues… oigo que hay entre vosotros divisiones” (ver también 1 Cor. 3:3-4). Pero, a renglón seguido, las bendice como necesarias: “Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.” La paradoja tiene sentido: el ideal es que no hubiera roces, diferencias, enfrentamientos (“bandos”, llegan a traducir otras versiones). Pero a veces es necesario que los haya para que de esa dialéctica surja la luz sobre quién tiene razón y dónde está la verdad (la versión La Palabra traduce: “para que se manifieste quiénes son entre vosotros los verdaderos creyentes”).

Una vez más, el valor de la transparencia. Paz y unidad, sí. Pero nunca al precio de abandonar la verdad y la justicia (cf. 1 Cor. 11:21-22). En la Biblia la paz proclamada nunca es la de los cementerios ni la de los himnos triunfalistas, es la que deriva de hacer la voluntad de Dios (ver 2 Crónicas 15:14-15; Filipenses 4:9; 2 Pedro 3:14). Y la unidad a la que Dios nos exhorta no tiene nada que ver con la acrítica uniformidad ni con los falsos ecumenismos; se basa en la común relación con Cristo (Juan 17:20-23; cf. 15:5).

No pocas veces se añade otra excusa para la cobardía: “Tenemos que concentrarnos en la evangelización.” Ciertamente es nuestra misión principal como iglesia (ver Mateo 28:19-20). Pero, ¿no es cierto que necesita bases limpias y coherentes para ser creíble? Si en nuestro seno consentimos que la justicia y la verdad queden relegadas, ¿con qué autoridad moral podemos predicarlas fuera? Recordemos que el evangelio gira en torno a esos valores, a su vez encarnados en Cristo (Juan 14:6; 18:37; Lucas 4:18-19; Romanos 2:7-8; etc.). Sin olvidar que también puede ser necesaria una importante labor de (re)evangelización dentro de nuestra iglesia (cf. 1 Corintios 3:1-3; Gálatas 1:6-7). ¿No es eso, de algún modo, lo que busca la campaña Reavivamiento y Reforma promovida desde la Asociación General?

Cobardes en el plano externo

Como no somos valientes dentro, no somos valientes fuera.

Acostumbrados a callar ante las injusticias internas, a dejar que otros –los dirigentes– piensen y decidan por nosotros en cuestiones que nos conciernen, nuestra aproximación al mundo suele ser tímida y vacilante. Y eso cuando nos decidimos a salir… Ahí fuera hace frío. En la burbuja protectora de “paz” y “unidad” que llevamos décadas y décadas inflando se vive más resguardado.

De ahí que no aprendamos las lecciones del pasado…

Hace siete años, con seis décadas de retraso, nuestra iglesia pidió perdón por su complicidad con el Tercer Reich y su espíritu antisemita. La declaración oficial provino de nuestros hermanos dirigentes en Alemania y Austria. En ella, sin llegar a usar el término ‘condena’ –que no tiene por qué implicar el pasaporte a los infiernos–, se aseguraba “lamentar profundamente” esa histórica colaboración, así como la incapacidad de “captar a tiempo y con la claridad suficiente” tanto “la naturaleza impía de la ideología nazi” como “el carácter de la dictadura nacionalsocialista”. Se reconocía que había primado sobre nuestros principios cristianos el afán de “mostrar que éramos leales al gobierno alemán nacionalsocialista”. Se hacía constar, además, un propósito de enmienda con vistas al presente y al futuro: “En nuestros días… queremos asumir una postura decidida por el derecho y la justicia hacia todos los pueblos”.

¿Qué decir de esa tardía declaración? A muchos, como hace constar la crónica en la que nos basamos, parece que les satisfizo. Se habría compensado con ella un auténtico agravio histórico.

Nuestra opinión no es tan complaciente. Aparte de cierta tibieza, ya ejemplificada arriba, en algunas de las expresiones empleadas por dicha declaración, cabría preguntarse cuál fue su verdadera motivación. ¿Realmente era el reconocimiento de una cobardía moral evidenciada sesenta años antes? Puede que, aunque no se explicitase, algo de eso hubiera. Pero tal vez no deba descartarse otro factor no menos decisivo. Recordemos que con motivo del sexagésimo aniversario de la Segunda Guerra Mundial el Holocausto fue objeto de una enorme atención política y mediática. La influencia de la presión social, quizá sobre todo indirecta, pudo mover a nuestros dirigentes alemanes y austríacos a pronunciarse al fin sobre unas responsabilidades morales tan graves.

Si este fuera el caso, entonces la declaración no habría sido el fruto (exclusivo) de una toma de conciencia, sino (también) una operación de lavado de imagen producto del innegable peso del sionismo internacional y de la actualidad del asunto conmemorado (todo ello, sin menospreciar la lucha interna de hermanos que, en muchos casos a título individual, llevaban años echando de menos una declaración de ese tipo). De ser así, en lugar de hallarnos ante el rechazo de una vieja cobardía, estaríamos ante la manifestación de una nueva.

Que no se trató de una toma de conciencia plena por parte de nuestra iglesia, y en particular de nuestros dirigentes, lo confirma la actitud mostrada ante hechos y circunstancias más actuales. Una actitud no muy diferente a la que mereció los “lamentos” de aquella declaración. A pesar de que en esta, como ya hemos visto, se hacía un propósito de enmienda, ¿cuál viene siendo la respuesta de nuestra iglesia ante crímenes posteriores comparables a los del Tercer Reich? ¿Realmente se trata de “una postura decidida por el derecho y la justicia hacia todos los pueblos”?

Hace más de dos años apareció un valioso artículo-resumen sobre este asunto –centrado sobre todo en el posicionamiento de la IASD ante las guerras recientes– en un medio adventista del séptimo día que suele dar cabida al pensamiento crítico. El texto, aún accesible en el mismo sitio, lleva por título “Adventistas ante la guerra y la paz”, y en él se exponen de manera documentada los silencios, las vacilaciones e incluso la complicidad de nuestra iglesia respecto a esas guerras (y también, respecto al creciente totalitarismo legislativo sobre todo en Estados Unidos). Se recordaba, por ejemplo, la presencia de “numerosos soldados adventistas” (sic) en la invasión de Irak y las comprensivas respuestas acerca de ello del entonces presidente mundial de nuestra iglesia. Por desgracia, transcurridos más de dos años desde la aparición de ese artículo, no cabe hablar de cambios reseñables en la actitud de la IASD frente a tales desafíos, pese a que estos son cada vez más evidentes y a que, tan relacionados como están con la primera potencia militar del planeta, parecen preludiar el cumplimiento de profecías bíblicas muy “nuestras” (ver Apocalipsis 13:11ss.).

¿Habrá que esperar al menos otras seis décadas a que nuestra iglesia “lamente profundamente” sus silencios y complicidades en las tiranías presentes?

En la crónica sobre la declaración leemos: “‘Durante mucho tiempo estuve esperando un texto como este’, dijo el Pastor Richard Elofer, presidente de la Iglesia Adventista en Israel.” Una espera sin duda comprensible. Pero habría que saber si este dirigente, en vista de dónde pastorea(ba), ha levantado alguna vez su voz contra el genocidio –lento pero sistemático– que sufre el pueblo palestino. Cabe suponer que, de ser así, nos habríamos enterado. Sin embargo, su actitud parece más bien la contraria, pues pocos años después la Adventist Review recogió declaraciones suyas totalmente justificatorias –por implícitamente negacionistas– de dicho genocidio, aparte de asumir las mismas premisas que nutren las campañas bélicas del presente imperialismo occidental, islamofobia incluida.

La misma cobardía moral, el mismo silencio ante los abusos de los fuertes, caracteriza la actitud de nuestra iglesia ante la situación socioeconómica actual y sus rasgos de opresión. Lejos de pronunciarse frente a la usura y el cinismo de los magnates, en lugar de recordar las advertencias de Santiago 5 contra los ricos explotadores (vinculadas en el versículo 3 con el tiempo del fin, tan caro al adventismo), nuestra iglesia calla plácidamente esperando no se sabe qué, aunque así pierda una valiosa ocasión de identificarse con las masas populares, lo que daría credibilidad a nuestra misión evangelizadora.

Esta actitud cobarde y pasiva no parece cambiar, de momento, pese a las múltiples evidencias de lo avanzado que está el plan para imponer el domingo como único día de reposo laboral, e incluso para dificultar decisivamente la observancia del sábado.

Necesidad de un despertar

“Pero los cobardes… recibirán como herencia el lago de fuego y azufre” (Apocalipsis 21:8).

Si callamos dentro, no es raro que lo hagamos fuera. Los de fuera son aún mucho más poderosos que nuestros dirigentes internos a los que tanta, y tan indebida, pleitesía rendimos de facto.

Nuestra actitud sería muy distinta si el motor de nuestra vida, tanto en el plano individual como en el colectivo, fuera la fe en el Todopoderoso (ver Filipenses 4:13). En lugar de ello, entre nosotros han prevalecido los valores “de este mundo” (Juan 18:36), y así nos va: si en tiempos de nuestros pioneros éramos vanguardistas, ahora vamos a remolque de los poderes y las corrientes mundanales. De pacifistas (o “no combatientes”) hemos pasado a ser pasivistas. Nuestra postura como iglesia ya no es rebelde frente al tenebroso imperio de Satanás (Juan 12:31; Efesios 6:12), sino que se ha “conformado a este mundo” (cf. Romanos 12:2). La resignación define nuestra manera de ser colectiva, hecho grave porque con ella contribuimos a perpetuar las injusticias.

Aunque los dirigentes de nuestra iglesia tienen una responsabilidad especial por la posición que ocupan, cometeríamos un error si les imputáramos el problema en su conjunto. Como miembros de esta y presuntos seguidores de Cristo que somos, tenemos mucho que hacer y que decir para que las cosas se hagan de otro modo. Pero eso requiere salir de nuestro letargo mortal.

“Por eso se [nos] dice: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efesios 5:14).

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Published in: on 11/09/2012 at 16:11  Comments (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

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  2. A esforzarse y ser valientes,
    desde catacumbas animan…
    ¿Cuál Josué, lugartenientes,
    a los que arengan estiman?

    Vanguardia con pies mojados
    formaban, los sacerdotes…
    A dos mil codos, parados,
    el pueblo llano, sin dotes…

    A salir de babilonia
    nos invitan, guarecidos,
    desde catacumba ¿Antonia?,
    esas voces de escondidos…
    jjm

  3. […] décadas después, cuando todo el mundo había condenado moralmente aquel régimen, se emitió un comunicado oficial pidiendo perdón por aquellas […]

  4. […] Todavía más grave que la actitud de nuestra iglesia en Alemania en la Primera Guerra Mundial, fue su posición bajo el nazismo y durante la Segunda Guerra Mundial. En 2005, con setenta años de retraso, los dirigentes adventistas de Alemania y Austria publicaron una declaración oficial lamentando esos terribles hechos; pero esta resulta excesivamente tibia e insuficiente, como se analiza en el blog En Las Catacumbas. […]


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