Los males de la IASD (3º): Marginación de la mujer

“Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada” (1 Timoteo 2:12).

El asunto de la mujer en la iglesia requeriría, no ya un extenso artículo, sino toda una monografía. Se trata de otro triste ejemplo de acepción de personas en el seno de la IASD.

No es un problema exclusivo de nuestra iglesia. En medios evangélicos, hoy mismo puede leerse una noticia como “Mujeres al pastorado: No alcanza unanimidad entre cristianos”. Circulando todavía argumentos tan peregrinos como que si Jesús no ordenó a mujeres para el ministerio, tampoco en nuestros días deberían ser ordenadas. Y negando a las féminas cualquier acceso al “liderazgo espiritual” (habría que saber cuál es su concepto de liderazgo) sobre la base de que Adán fue creado primero (sacando de contexto 1 Timoteo 2:13).

En el seno de la IASD no siempre se encuentran razonamientos mucho más brillantes. Hemos llegado a leer, también recientemente, que si la mujer ministra en la iglesia entonces “abandona SU IGLESIA, su hogar” (sic).

Refutémoslo con la Biblia

Pero, cuidado… Nuestro escándalo ante citas como estas no debe venir de una influencia de los valores del mundo. “¡A la Ley y al Testimonio!” (Isaías 8:20), no se olvide. ¿Ampara la Escritura la marginación actual de la mujer?

Frente a los argumentos antes expuestos, cabe preguntarse si sus defensores ven con malos ojos la institución de la monogamia o la abolición de la esclavitud. A fin de cuentas, Cristo no abogó ni por la primera ni por la segunda.

Claro está, no abogó por ellas explícitamente. Él se atuvo a un orden de prioridades dado, en buena medida, por las circunstancias socioculturales del Israel de su tiempo. Le importaba sobre todo resaltar el alejamiento del pueblo, en especial de sus jefes, respecto a Dios, así como su profunda necesidad de arrepentimiento.

Pero eso no fue todo. También ofreció una serie de principios de vida y conducta (ver Mateo 5:38-48; 20:20-28; Lucas 10:25-37; 14: 11; Juan 17:15-16; 18:36; etc.) que, con el tiempo, deberían ser desarrollados por sus discípulos (y por los discípulos de sus discípulos…). Algunos de estos –los apóstoles– ya empezaron a hacerlo en el propio Nuevo Testamento. Extraían así las primeras conclusiones de las enseñanzas del Maestro, además de fundarse en el rico legado del Antiguo Testamento, obra en realidad del mismo Autor (ver Romanos 12:14-21; 13:1-7; Gálatas 3:28; Filemón 1:15-16; Santiago 5:1-6; 1 Pedro 3: 7, 9; etc.).

Los primeros cristianos no esperaban que la historia humana se fuera a prolongar mucho más sobre la tierra, pero el hecho es que así fue. Y con ello, nuevos modelos socioculturales fueron apareciendo y sucediéndose unos a otros (en parte, por cierto, debido a la propia influencia cristiana). O lo que es lo mismo, nuevas maneras de poner a prueba, y por tanto en práctica, los principios de conducta aprendidos en la Palabra. No iba a ser lo mismo, por ejemplo, la aplicación del principio de reposo sabático en el desierto en tiempos de Moisés que en la Nueva York del siglo XXI (cuyos habitantes, urbanitas, no suelen tener “bestia” alguna que trabaje para ellos). Tampoco parece que el modelo de nuestro trato presente a los adúlteros (Levítico 20:10), a las mujeres en periodo de menstruación (15:19; 20:18) o a los “leprosos” (todo tipo de enfermos contagiosos, en realidad; 13:2-4) deba ser el prescrito por el Antiguo Testamento; tratos que, por cierto, Jesús no abolió.

Volviendo al papel de la mujer en la iglesia, tengamos en cuenta que ya el Nuevo Testamento supone un avance respecto al Antiguo, y sobre todo respecto a la perversión de este en la práctica habitual del pueblo. Primero, por el énfasis explícito y reiterado en la igualdad en Cristo (Gálatas 3:28 [cf. –en la misma línea igualitarista aunque no mencionen el binomio hombre-mujer– 1 Corintios 12:12-13; Colosenses 3:9-11]; 1 Corintios 7:4-5). Segundo, por la propia misión mesiánica que, en palabras de Jesús, implica la liberación de todos los oprimidos, entre los que sin duda se encontraba la mujer (Lucas 4:18-19). Y tercero, por las propias declaraciones y gestos del Maestro hacia las mujeres –en ocasiones, escandalosos para los circunstantes–, que contribuyen a elevar su condición (Mateo 15:22-28; 19:3-9; Lucas 8:40-48; Juan 4; 8:1-11).

Los textos más conflictivos

Un somero estudio de los pasajes comúnmente invocados para defender la relegación de la mujer en la iglesia (básicamente 1 Corintios 11:3-16; 14:34-35; Efesios 5:22-33; 1 Timoteo 2:9-15), permite concluir que:

1. En dos de los cuatro textos –en los más extensos– hay alusiones de fondo a la igualdad esencial entre ambos sexos (1 Cor. 11:11-12; Efe. 5:28, 33; dado que además el autor es siempre Pablo, no hay duda de que los textos restantes hay que leerlos a la luz de los otros dos).

2. En el primer caso, el apóstol admite implícitamente que la teología aplicada por él a este asunto puede resultar polémica (ver 1 Cor. 11:16), seguramente porque el énfasis de la misma es ante todo de índole sociocultural (se deduce que esto es válido para los otros casos en la medida en que en ellos use la misma teología, cosa que ocurre sobre todo en 1 Timoteo).

3. Como sociocultural –no esencial–, y por tanto hoy anacrónica en gran parte del mundo, debemos pensar que es la calificación de “indecoroso” asignada al hecho de que la mujer hable en la iglesia (1 Cor. 14:35). Lo mismo habrá que decir respecto a la “prohibición” de que enseñe (1 Tim. 3:12). En aquel entorno cultural, las mujeres, precisamente por su relegación, carecían de una formación elemental, siendo mayoritariamente analfabetas. Esa es la base real de que resultara aconsejable su silencio en cuestiones doctrinales. Pero no debe verse nada esencial e intemporal en ello.

De lo contrario, ¿por qué permitimos hoy que las mujeres prediquen, o sean maestras de escuela sabática? Y recordemos que nuestra iglesia le debe mucho a una señora que escribió numerosos libros repletos de enseñanzas…

De hecho, Pablo reconoce su capacidad intelectual pues la anima a aprender (1 Timoteo 2:11). Base elemental, por cierto, para que un día pueda llegar a enseñar.

4. En el tercer pasaje, se reitera que el hombre debe amar a su esposa (Efe. 5:25,28-29, 33), usando como modelo el del amor de Cristo a la iglesia; es decir, un modelo basado en el servicio (así es como debe entenderse el liderazgo, por cierto).

Conclusiones

No parece, pues, que si descendemos al plano de los principios debamos insistir en la subordinación y marginación de la mujer en el seno de la iglesia. Recordemos que en la Creación el hombre solo tuvo una “ayuda” realmente “idónea” cuando tuvo delante de sí a la mujer (Génesis 2:20-23). Y en expresión de esa identificación (es decir, en reconocimiento de la igualdad esencial) que sentía, Adán exclamó: “Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne; ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada” (2:23). Motivo por el cual se unirían y llegarían a ser “una sola carne” (2:24).

Pero si por algo se caracteriza el adventismo del séptimo día es por su defensa (progresiva, mayor conforme se acerca el fin) del restauracionismo edénico. Recordemos cuando el propio Jesús, ensalzando la realidad anterior a la Caída, dijo aquello de que “al principio no era así” (Mateo 19:8). Lo hizo, casualmente (?), en un contexto de reivindicación de los derechos de la mujer (sobre el horizonte de restauración, ver también Hechos 3:20-21).

Sobre la base de esa lectura dinámica, pero respetuosa, de la Palabra de Dios, es preciso concluir que el principio marcado en Gálatas 3:28 debe desplegarse plenamente a lo largo del camino hacia la Tierra Nueva (el “Nuevo Edén”). Como señala Samuel Gil Soldevilla en un estupendo a la vez que breve estudio sobre “La mujer en el Nuevo Testamento”, y haciéndose eco de pensamientos de Samuele Bacchiocchi: “Esto significa que el orden de la redención no puede abolir el orden de la creación. Al contrario, la redención pretende restaurar el orden de la creación en la vida humana, esto es, la individualidad del hombre y la mujer con Dios entre ellos.”

Dicho esto, tampoco parece que el asunto deba ser motivo de la obsesión que a veces llega a ser para algunas mujeres. Tanto ellas como los varones han de guiarse por el principio de mutua sumisión y espíritu de servicio “por reverencia hacia Cristo” (Efesios 5:21), que es quien siempre, y no hombres ni mujeres, quien merece el protagonismo.

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Published in: on 24/03/2012 at 22:06  Dejar un comentario  

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