Los males de la IASD (2º): Acepción de personas

“En Dios no hay acepción de personas” (Romanos 2:10).

“Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos… Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado” (Mateo 23:8-12).

“No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

En realidad el tema presente ya estaba implícito en el primer texto de esta serie (¿Qué es “atacar a la iglesia”?). En la medida en que unos, los representantes de la iglesia-institución, sientan que esta es más iglesia que la iglesia-comunidad, aquellos se creerán implícitamente con más derechos que sus hermanos “de a pie”.

Hacer acepción (distinción, discriminación) de personas es algo que a Dios le repugna (ver Deuteronomio 10:17; Job 13:7-10; Proverbios 28:21; Malaquías 2:9; Colosenses 3:25; Santiago 2:9; etc.). No creo que, en general, esto sea algo que ocurra en nuestra iglesia por mala fe o por un sentimiento consciente de superioridad. Es más bien reflejo de tendencias naturales e influencias externas. En algunos casos, también brota de interpretaciones erróneas de la Escritura, que así la hacen contradecirse.

¿Qué es no hacer acepción de personas? ¿Acaso no la hace Dios mismo cuando distingue entre quienes le siguen y quienes no le siguen, entre justos e injustos (ver Juan 3:15-18; Mateo 25:45-46; 1 Pedro 1: 4; 1 Corintios 6:9-10). Pero no hay que confundir el fruto de nuestra elección con prejuicios de ningún tipo. La acepción tiene que ver con estos últimos. Dios incurriría en ella si se ajustase al modelo de “Dios” propio del concepto calvinista de predestinación (salvación de unos y condenación de otros predeterminadas, ambas, por nuestro Creador). Pero ese no es el Dios de la Escritura.

Jesús afirma que el Padre “envía su sol sobre malos y buenos, y manda su lluvia sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). Lo dice en el mismo pasaje que nos llama a amar a nuestros enemigos (5:44). Él espera que incluso a los que aborrecen a sus hermanos pueda vencerlos el bien (Proverbios 25:21-22; Romanos 12:20). Aunque no siempre prevalezca, el amor es más poderoso que el odio. Mientras les quede algo de vida –física y espiritual–, también los “malos”, también los “justos”, pueden volverse a Dios. Sobre todo si esas etiquetas, como parece ser el caso, pertenecen más al lenguaje humano que a la concepción ética divina (para él, según Romanos 3:10, “no hay justo ni aun uno”; cf. Mateo 19:17).

Lo que el Señor rechaza es que tratemos mejor o peor a las personas basándonos en prejuicios como su sexo, raza, posición social, estatus económico, parentesco… u otras categorías típicamente humanas (y, como tales, derivadas de nuestra condición corrupta).

La acepción de personas en la iglesia

Es consustancial a cualquier organización humana la tendencia a institucionalizarse. La ecuación sería: H + T = I (siendo H=humanos, T=tiempo, I=institucionalización). Donde H y T son directamente proporcionales con I.

Y cuanto más institucional, más jerárquica. El diferente grado de competencia para las distintas tareas de la organización se solapa con el grado de ambición (de poder) y surgen crecientes diferencias jerárquicas. Y como la mente humana tiende a ser binaria, aparecen dos clases: los de “arriba” y los de “abajo”. Olvidando, tanto unos como otros, que Dios no deseaba algo así en nuestra convivencia, mucho menos en la iglesia (ver Mateo 2025-28).

A partir de ahí, los de arriba en particular tienden a preservar su estatus. Es decir, procuran seguir arriba. Pero solo lo consiguen gracias al asenso (implícito) de los de abajo, por lo común bastante cómodos al verse exentos de la responsabilidad de tomar decisiones. Et voilà!, la institucionalización ya está servida. Burocracia, injusticias, arbitrariedades, despotismo… estarán cada vez más a la orden del día. Pues, como se explica en otro texto aparecido en este blog, los de arriba son jefes, no líderes. Ya no les mueve primordialmente el espíritu de servicio a la causa ni a sus compañeros (hermanos), sino la obsesión por conservar el puesto, si no de obtener uno más encumbrado.

A eso también contribuye que en nuestro mundo precario –caído– sea una prioridad asegurarse las “habichuelas”, y no solo a corto y medio plazo. Por eso el poder de los de arriba será tanto mayor cuanto la relación jerárquica involucre salarios y puestos de trabajo. La clave está en que sobre estos, sean los suyos o los de sus subordinados, siempre tienen mayor poder decisión los jefes. Así se establece una relación de sometimiento basada en la ruindad. Los de arriba tienen su dominio garantizado gracias a que pueden decidir sobre la vida de los de abajo. Subsistencia incluida, claro está. Que es como decir que pueden decidir sobre su muerte.

Algo en lo que no suele pensarse, de puro implícito, pero que ayuda a comprender la índole satánica de las jerarquías, en concreto aquellas que envuelven relaciones laborales.

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Published in: on 24/03/2012 at 22:03  Comments (1)  

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  1. […] no ya un extenso artículo, sino toda una monografía. Se trata de otro triste ejemplo de acepción de personas en el seno de la […]


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