Los males de la IASD (1º): ¿Qué es “atacar a la iglesia”?

“Entonces los príncipes dijeron al rey: ‘Este hombre debe ser muerto, porque desmoraliza a los guerreros… y a todo el pueblo… Este hombre no busca la paz del pueblo, sino el mal’” (Jeremías 38:4).

A Jeremías lo llaman “el profeta llorón” (por sus Lamentaciones, pero ver también Jer. 9:1; 13:17; 14:17). El calificativo puede resultar equívoco, pues se trataba de un valiente. Provisto de gran fe, no dudó en anunciar una y otra vez –de parte de Dios– los desastres que sobrevendrían al pueblo. Eran avisos acompañados de denuncias más o menos explícitas sobre la conducta de Israel (más precisamente, de Judá, y en particular de sus gobernantes). Al actuar así, Jeremías era consciente de los daños que se acarrearía con ello.

En el versículo que encabeza este artículo podemos ver parte de esos daños (gracias a Dios, no llegaría a morir tras ser arrojado a una cisterna: ver 38:6-13). En el mismo versículo, resulta de interés la razón que esgrimen sus acusadores y verdugos: al dar sus avisos de destrucción (divinos, en realidad), Jeremías “desmoraliza… al pueblo”. Arriba hemos destacado esta última palabra. La razón es que nos interesa extraer la aplicación correspondiente para nuestro tiempo. Aquel “pueblo” era el pueblo de Dios. Es decir, la “iglesia” de entonces. Del mismo modo que la iglesia actual es el pueblo de Dios en nuestro tiempo.

Nótese cómo, al acusarlo y condenarlo, de manera implícita y sutil los príncipes excluyen a Jeremías del pueblo. “Este hombre”, como le llaman, está en un lado (incluso en un bando), y el “pueblo” al que supuestamente desmoraliza, en otro. La exclusión de Jeremías es previa a su confinamiento en aquella cisterna que le apartaba físicamente de sus semejantes. De hecho, ésta es consecuencia de aquélla.

Así es como el prejuicio precede, por lo general de manera inevitable, a la persecución.

“Atacar a la iglesia”

Las estructuras de poder siempre tienden a actuar del mismo modo. Aquellos gobernantes hebreos se negaban a oír la voz de Dios que les impelía a cambiar sus conductas. Eso habría amenazado la madeja de intereses creados que es consustancial a toda estructura de poder. Pero ellos no iban a reconocer esto último (ni siquiera el propio rey, Sedequías, que en una cobarde actitud “anticipatoria” de la de Pilatos hacia Cristo, deja la suerte de Jeremías en manos de los príncipes: 38:5). En lugar de ello, recurren a una excusa clásica del poder: acusar al agorero de ir contra la “paz” y contra el “pueblo”. Pueblo al que, de este modo, confundiéndolo con sus propios intereses, presumen encarnar. Así la palabra “pueblo” se convierte en un eufemismo oscurantista que sólo busca preservar la posición de los gobernantes.

¿Ocurre eso mismo en nuestra iglesia? ¿Qué sucede cuando un miembro denuncia actitudes o conductas de los dirigentes?

La respuesta dependerá de factores como el grado de sensibilidad asociada al asunto denunciado y el grado de vinculación orgánica del propio denunciante respecto a la iglesia-institución. Veamos algún ejemplo. Seguramente no correrá la misma suerte un hermano, que se gana la vida al margen de aquélla, si denuncia la interpretación oficial sobre la naturaleza de Cristo, que si cuestiona abiertamente el proceder de los administradores generales de la iglesia en materias como el destino de los diezmos, la jerarquía de facto, la abundancia de departamentos, o eventuales irregularidades en las nóminas de los asalariados eclesiásticos. En el primer caso, es muy posible que su denuncia no le ocasione represalias. En el segundo, probablemente deberá arrostrar algún grado de descrédito, más o menos solapado. Y si el denunciante es por ejemplo un pastor, es casi seguro que a partir de su crítica sus días en el ministerio estén contados. Si no te lo crees, basta que te preguntes cuándo fue la última vez que oíste a un pastor de nuestra iglesia criticar aspectos “sensibles” de la organización de la misma. Salvo que pienses que no hay ni ha habido motivos para hacerlo.

Pero no estamos hablando, o no necesariamente, de críticas destructivas. El aparato tenderá a considerarlas así aunque no lo sean, como hicieron los príncipes con Jeremías. Aun cuando el hermano denunciante actúe asistido por las mejores razones, aun cuando sólo le muevan el amor a la verdad, al bien común y un ánimo enteramente constructivo, la inercia institucional verá en él una amenaza a la “paz”, la “unidad” y, en suma, un ataque a “la iglesia”.

Esa inercia institucional no es monopolio del cuerpo dirigente. No pocos hermanos se rasgan igualmente las vestiduras, a menudo de forma incluso más sincera, ante las denuncias del miembro que ha levantado la voz aun de la manera más noble. En realidad, el éxito del poder se basa en imbuir a sus subordinados de una mentalidad que conlleva el citado eufemismo oscurantista. El cual, una vez incrustado en las mentes, actuará como prejuicio que favorece la persecución del disidente.

Estos hermanos olvidan que en realidad el denunciante es tan iglesia como el aparato cuyas conductas denuncia. Nos encontramos entonces frente a una peligrosa asimetría: si un miembro critica, enjuicia, demanda… a un dirigente u órgano de la iglesia, el aparato lo considera réprobo. Es como si hubiera violado un tabú. Se lo acusa de ir “contra la iglesia”… En cambio, si es la iglesia-institución, o uno de sus órganos o de sus ramas, quien le juzga a él (sea de manera abierta o, más comúnmente, en el marco de sus comités secretos), o incluso la que lo demanda judicialmente, entonces nadie se da cuenta de que él es tan iglesia como el aparato.

Así es como quienes están “arriba” gozan de un margen de impunidad, basado en su identificación preferente y (casi) exclusiva con “la iglesia”, mucho mayor que el de los que están “abajo” (aunque unos y otros sean, a fin de cuentas, personas ni más ni menos). Se llega al punto de que resulta más grave, a ojos de muchos hermanos, denunciar un acto reprobable que el hecho mismo de cometerlo. O sea, que el denunciante no requerirá mucho menos valor que el mismísimo Jeremías.

Alguien dijo, con lúcida ironía, que “todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros”. Lo decía en otro contexto. Que esta misma situación pueda darse en nuestra iglesia es aún más deplorable, pues si existe un marco igualitario por excelencia ése debería ser el de la iglesia de Cristo (ver Romanos 2:11; Gálatas 3:28; Mateo 20:25-28).

¿Hasta cuándo durará esta situación? O lo que es lo mismo, ¿por cuánto tiempo seguiremos consintiéndola?

“Entonces mirad con cuidado cómo andáis, no como necios, sino como sabios. Aprovechad bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál es la voluntad del Señor
(Efesios 5:15-17).

Anuncios
Published in: on 17/03/2012 at 17:41  Comments (9)  

The URI to TrackBack this entry is: https://catacumbas10.wordpress.com/2012/03/17/los-males-de-la-iasd-1o-que-es-atacar-a-la-iglesia/trackback/

RSS feed for comments on this post.

9 comentariosDeja un comentario

  1. […] realidad el tema presente ya estaba implícito en el primer texto de esta serie (¿Qué es “atacar a la iglesia”?). En la medida en que unos, los representantes de la iglesia-institución, sientan que esta es más […]

  2. ¡Oh gálatas insensatos!
    ¿Quién os ha hechizado,
    para criticar a los santos?…
    ¿Olvidáis eso es sagrado?

    ¿No sabéis se ha edificado
    el aprisco para el redil?…
    ¿Por qué ha de ser criticado
    con torcido amaño y sutil?

    Nos retan poniendo plazos,
    lobos con piel de cordero…
    ¡No caigáis más, en sus lazos!

    Que en su estilo torticero
    está el romper en pedazos
    la estructura de este clero…
    jjm

    • Ole y ole y ole, que la Palabra nunca nos abandonde ni nos haga tener maestros en la tierra pues será desvirtuada como la sal sosa, que sigamos a Jesús en la necesaria comunidad purgante e imprescindible, pero LIBRES siempre siervos tan solo del Unico Maestro. Gracias

      • ¡Así sea! Y finalmente sabemos que lo será.

  3. […] punto, rechazan casi cualquier crítica como “destructiva”, acusando a quien la formula de “atacar a la iglesia”. Su ministerio público, como el de los políticos mundanos, deviene una constante actuación, cual […]

  4. Pero ¿qué os pensabais? ¿Que todos somos iguales? No, hijitos, no.
    Las clases son las clases y las castas son las castas. Y como el adventismo considera nefasta la Revolución Francesa, continúa en el Régimen Antiguo: rey, aristocracia y plebe.

  5. Ciertamente la IASD haría bien respetando más algunos valores de la Revolución Francesa (aun rechazando la violencia de esta). A fin de cuentas arraigan en el igualitarismo cristiano.

  6. Aposté por ser en lugar de existir y creí en el Hombre como lo más grande, como lo más cercano a lo perfecto, Tú, gran arquitecto del Universo, del verso único y la libertad, pero aquí amamos mas los creados que al Creador, la Ley antigua mas que a Jesús y al Mesías más que a Cristo. Dios nos perdone. Amén

  7. […] En el seno de la IASD, sobre todo en su ámbito institucional, nos hemos buscado buenas coartadas para no ser valientes. El “haya paz”, el énfasis en la preservación de la “unidad de la iglesia”, el rechazo de la “crítica” y las disensiones son algunas de ellas. La mayoría de los hermanos, conforme a su propia disposición anímica, evita meterse en “líos” (lo cual tiene algo de sano). Y los pocos que se enredan en ellos son fácil y prontamente tachados como “conflictivos” (sin duda los habrá de suyo, pero no por ello la etiqueta deja de ser reduccionista). Se les acusa, en suma, de “atacar a la iglesia”. […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: