A vueltas con el canon bíblico (1º): La importancia del asunto

“Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (apto), equipado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

Aceptamos la Biblia como Palabra de Dios. Como “regla de fe y práctica” –así lo afirman diversas confesiones protestantes– para la humanidad. Como fundamento objetivo de nuestras vidas en tanto que cristianas.

Pero esta declaración no disipa todas las dudas ni siquiera desde nuestra perspectiva creyente. De hecho, en nuestro caminar podemos toparnos con escépticos capaces de meternos en apuros al plantearnos cuestiones como:

–La Biblia se compone de muchos libros, ¿por qué ésos sí y otros no?
–¿Quién decidió su carácter inspirado?
–¿Cómo se formó el catálogo de textos que hoy conocemos como “Sagradas Escrituras”?
–¿Qué decir de los “apócrifos” o “deuterocanónicos”?
–¿Es toda la Biblia “Palabra de Dios”?
–¿Cómo enfrentar las discrepancias históricas al respecto, presentes incluso en el campo protestante?

Todas estas cuestiones tienen que ver con el canon, asunto de fondo que merece atención como parte de la necesaria formación de los cristianos bíblicos. Con ella en mente iniciamos aquí un itinerario sin pretensiones eruditas pero con el deseo de fortalecer las bases de nuestra fe.

El canon

“Canon” es un término que fue asumiendo diferentes sentidos a partir de su significado original en hebreo y griego (como “caña”). En principio, fue la vara de medir o criterio para discernir qué texto era de Dios y cuál no lo era. Sinécdoque mediante, así llegó a significar el propio conjunto de textos tenidos por divinamente inspirados. Y, dada la función práctica de los mismos, “canon” llegó a ser también la propia regla de fe y conducta que la Biblia representa. Es decir, además de criterio para acotar la inspiración devino norma de vida cristiana. Pero a nosotros nos interesan aquí sobre todo la primera y segunda acepciones.

El primer canon global a estos efectos fue el de la Biblia hebrea o Tanak. Se trata de lo que hoy conocemos como Antiguo Testamento. Incluye tres bloques de libros: la Torá, los Nebiim y los Ketubim. El primero es el Pentateuco (denominación griega del original hebreo, que a su vez se traduce como “Ley”). Los Nebiim son los “Profetas”, donde se incluyen tanto libros históricos (Josué, Jueces, Samuel, Reyes) como los “Profetas mayores” (Isaías, Jeremías, Ezequiel) y los “Profetas menores” (los doce que en nuestras biblias van desde Oseas hasta Malaquías). El tercer bloque, los Ketubim (“Escritos”), integra los libros sapienciales y poéticos, como Salmos, Proverbios, Job, Cantar de los Cantares y Eclesiastés, junto a Lamentaciones, Rut, Ester, Crónicas, Esdras-Nehemías y, significativamente, Daniel. Se trata, en el segundo y tercer bloque, de agrupaciones de textos quizá más heterogéneas de lo que esperaríamos, pero el hecho es que responden a la tradición hebrea. El nombre “Tanak” es un acrónimo que parte de las iniciales de los nombres de dichos bloques (T, N y K), a las que luego se añaden las dos aes.

Es interesante notar que el Nuevo Testamento acredita esta división del canon hebreo. El propio Jesús, en Lucas 24:44, alude a “la Ley de Moisés”, “los Profetas” y “los Salmos” (los Salmos son el primer libro incluido en los Ketubim). También se refiere, en diversas ocasiones, a “la Ley y los Profetas” (Mateo 5:17; 7:12; 11:13; 22:40; etc.), que sería una denominación parcial del conjunto. Otros libros del NT la usan igualmente (Juan 1:45; Hechos 13:15; 24:14; 28:23; Romanos 3:21). Y no menos reseñable es la mención de “la Ley” en un sentido que parece tener como referente al AT entero (véase, entre otros, Juan 10:34 y 1 Corintios 14:21).

En este artículo no queremos ir más allá en lo relativo a los componentes históricos del canon. El tema lo abordaremos en partes futuras. Lo que sí nos importa de momento es preguntarnos por los principios lógicos, incluso filosóficos, pero de consecuencias prácticas, que deberían subyacer a la formación del mismo.

Principios fundamentadores del canon

Naturalmente, el problema que nos ocupa podría ser acometido desde premisas racionalistas (las típicas de la crítica bíblica moderna, por ej.). Pero por esa vía llegaríamos a conclusiones estrictamente humanistas que dejan fuera a Dios (no podría ser de otro modo, pues ya las premisas encierran –aunque sea sólo implícitamente– la negación de la posibilidad de lo divino). Ese enfoque no nos interesa aquí. Podría ser objeto de otro debate, pero en la presente serie lo que nos importa es la perspectiva creyente y por eso arrancaremos desde los requisitos que ésta conlleva.

La idea del canon parte de dos condiciones irrenunciables:

1. Dios existe.
2. Dios ha hablado (se nos ha revelado).

Es decir, el Ser Superior realmente existente decidió comunicarse con nosotros. Esto ya apunta a su carácter providente, confirmado a su vez por el tipo de comunicaciones que le atribuimos:

3. Es un Dios providente.

Si lo es, se debe a que es consciente de nuestra necesidad. En vista de ella, viene en nuestra ayuda.

Estamos hablando, sin duda, de alguien muy poderoso, capaz de surcar el abismo entre el plano sobrenatural y el natural, que es el nuestro. Algo que hace estrictamente en nuestro beneficio. Es de esperar, por tanto, que lo haga bien:

4. Dios sabe comunicarse con nosotros: es capaz de hacernos llegar sus comunicaciones de manera segura.

Este cuarto punto es crucial para el asunto del canon. En un mundo lleno de peligros y con incitaciones de lo más diversas, Dios ha de saber cómo establecer contacto con nosotros y transmitirnos sus mensajes con nitidez (sin más límite, en principio, que el lenguaje humano que en general les sirve de vehículo). “Si Dios ha roto el silencio de los tiempos, para entablar un diálogo con los seres humanos, debe haber alguna forma adecuada de saber con seguridad dónde se encuentra esa revelación” (Samuel Pagán, “El canon del Antiguo Testamento”, en Descubre la Biblia, SBU, 1998, p. 155). He ahí por qué es tan importante el asunto del canon.

Ahora bien, si el Dios providente se nos revela es porque por nosotros mismos no podemos encontrar la salida a nuestra situación carencial y sufriente. Entre su plano y el nuestro, sólo él, trascendente a nosotros, conoce esa salida. Dicho de otro modo, él tiene las claves de la solución para nuestras carencias. He aquí otro punto de gran calado en relación con el canon, la autoridad del (en el) mismo y sus aspectos interpretativos:

5. La revelación divina ha de ser, en última instancia, autorreferencial: Dios, mediante ella, nos está comunicando algo radicalmente nuevo, que desborda los esquemas humanos, así que es él quien provee tanto el mensaje como su interpretación y explicación.

De aquí la típica máxima que dice: “La Biblia se interpreta con la Biblia”. Pero esto, aparte de muchas otras implicaciones prácticas, por su evidente relación con la cuestión de la autoridad, tiene una lógica relación con el canon como “vara de medir”. O sea, con su capacidad de decidir si sucesivas revelaciones históricas podían ser “canonizables” (es decir, integradas en el canon tomado como “catálogo de textos inspirados”).

Hasta aquí nuestro primer acercamiento al tema. En los siguientes artículos habrá que tener presentes, como fondo necesario, las cinco bases que acabamos de enunciar.

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Published in: on 17/03/2012 at 12:59  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Creo, sin falsas humildades y no por haberlo escrito yo, sino por las buenas fuentes de que bebí, que el libro publicado por APIA, ¿Se puede confiar en la Biblia?, es una buena respuesta a las preguntas que se plantean en la introducción. Francesc X. Gelabert


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