Las tres erres: Reavivamiento, Reforma… y Renovación

“Oíd ahora, príncipes de Jacob, y jefes de la casa de Israel: ¿No concierne a vosotros saber lo que es justo? Pero vosotros aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, le quitáis a la gente la piel y la carne de encima de sus huesos; asimismo coméis la carne de mi pueblo, arrancáis la piel de sobre ellos, les quebráis los huesos y los despedazáis como para el caldero, como si fuera carne en la olla” (Miqueas 2:1-3).

Los dirigentes mundiales de nuestra iglesia aciertan al promover reavivamiento y reforma. Hacerlo implica una admisión de nuestras carencias. Que no habría de limitarse a reafirmar conocidos latiguillos, como nuestra condición laodicense. Debería estimular una sana y profunda autocrítica de todos los miembros en todas las esferas.

A veces, en relación con esto, se desliza la idea de que dichos reavivamiento y reforma, entendidos en el plano personal, deben consumarse antes de reclamar cambios en el plano institucional. Aunque el planteamiento contiene algo de verdad (sólo puede haber una plena transformación externa y colectiva si hay primero cambios internos e individuales), tomado en sentido absoluto conlleva una falacia muy útil para reforzar posiciones de poder en la IASD; y, por tanto, para obstaculizar aún más la verdadera reforma que tanto necesita nuestra iglesia.

¿Aguardaron los profetas (Isaías, Jeremías, Ezequiel…) a que todos y cada uno de los integrantes del pueblo hubieran experimentado una conversión genuina antes de lanzar sus amonestaciones a los gobernantes de turno? Eso habría implicado esperar también a que los propios gobernantes corruptos se regenerasen…, que era precisamente una parte de lo que Dios quería propiciar con tales amonestaciones. Lejos de ello, los profetas denunciaron sin demora esa corrupción, centrada en el alejamiento de Dios, aunque eso les acarrease persecución para sí mismos (p. ej. Jeremías 38).

Desde luego, a la hora de promulgar leyes e impulsar reformas en su pueblo, el propio Dios no esperó a la plena y universal regeneración de los israelitas. Más bien, vinculó los cambios “desde arriba” con los cambios “abajo”, entendiendo que los primeros podían ser motor de los segundos. El reinado de Josías, un hombre de Dios (2 Crónicas 34:2), tiene su interés a este respecto. Por “casualidad”, Hilcías, el sumo sacerdote, encontró el libro de la Ley en el Templo (34:14-15). Conocido es el efecto que el hallazgo produjo en el rey (34:19-21) y la importante reforma religiosa general (2 Reyes 23:4-25) –avalada por el compromiso de todo el pueblo (23:1-3)– que se desencadenó gracias al mismo.

El propio Jesús no esperó, ni mucho menos, a que todos los israelitas estuvieran convertidos para lanzar sus amonestaciones, incluso públicas, sobre los dirigentes (algunas tan duras como las recogidas en Mateo 23). Tampoco Pablo se calló cuando sintió la necesidad de denunciar públicamente la hipocresía de Pedro, un apóstol más veterano y, en principio, más prominente que él mismo (ver Gálatas 1:11-14).

¿Son lícitas, entonces, las exigencias de renovación institucional?

Los anteriores son algunos ejemplos, pero hay más, de que la necesaria regeneración individual de todos los miembros del pueblo de Dios no tiene por qué preceder a la no menos necesaria renovación institucional.

Pero el “truco” de la idea arriba expuesta –la de priorizar la regeneración personal a la reclamación de reformas institucionales– en el fondo consiste en decirle al denunciante: “Ocúpate de tu propia moralidad y deja en paz la conducta de la iglesia-institución”, aunque ésta sea la que más repercute en el conjunto de los miembros. En otras palabras, es una manera de negarle el derecho a efectuar una crítica explícita a la vez que se le hace, a él sí, una crítica implícita. De algún modo, se le está recordando lo de la “paja” y la “viga” (Mateo 7:1-5) con el fin de desactivar sus protestas. Y como el denunciante, a diferencia de Jesús, siempre tendrá alguna “viga” en su “ojo”, o siquiera alguna “paja”, puede que así desista de formularlas. A fin de cuentas, él ni siquiera es un profeta y no tiene, por tanto, un mensaje específico que viene directamente de Dios.

Se trata de un proceder que favorece el mayor inmovilismo, totalmente destructivo del progreso de la iglesia. Y basado en errores importantes. Para empezar, un pasaje como el de Mateo 7 se refiere al afán de juzgar al hermano, comúnmente para justificarse uno mismo por comparación. Reprueba el espíritu condenatorio que a veces, pero no necesariamente, está en la base de las acusaciones que lanzamos o recibimos. En segundo lugar, téngase en cuenta que cuando un miembro de iglesia denuncia conductas de la iglesia-institución está señalando lo que a su juicio son fallos que, por ser institucionales, probablemente le estén perjudicando a él mismo, y desde luego a la colectividad de hermanos en la que se integra, así que tiene todo el derecho a opinar. En tercer lugar, el hecho de no ser profeta, o Cristo mismo, en absoluto nos priva de ese derecho, que llega a ser incluso un deber sobre todo cuando gracias a la denuncia podemos contribuir a mejorar las cosas (ver Efesios 5:11). ¿Y acaso no tenemos la Biblia entera para conocer lo que Dios reprueba y para actuar en consecuencia? Que no seamos profetas divinamente designados no implica que no tengamos una misión y que no podamos proceder inspiradamente (ver Mateo 5:6-10, 16; Efesios 5:8-14; 2 Timoteo 3:16; 4:2; Tito 1:10-13; etc.).

Si descendemos al terreno de los ejemplos prácticos, las dudas y los “escrúpulos” excesivos que todavía puedan quedar deberían desvanecerse del todo. Pues además la experiencia, incluida la de nuestra iglesia, ya nos ofrece las pautas razonables. Así, ¿hemos de intervenir, o hemos de callar –esperando a que primero se reavive toda la iglesia, empezando por nosotros mismos– si conocemos casos de violencia de género? En otro tiempo, se tapaban. Hoy en nuestra iglesia existen hasta ministerios que se ocupan del asunto a nivel mundial. Y lo mismo vale para los casos de pedofilia y similares, que –no sin la debida prudencia– deben ser rápidamente atajados y denunciados, por supuesto también a la autoridad civil. O para todo tipo de chanchullos que, caso de ser tapados, no hacen sino agravarse y corromper la iglesia por dentro cada vez más. Igualmente para las injusticias, especialmente las sistemáticas y tanto más cuanto más daño puedan hacer a hermanos nuestros y de quienes las cometen.

Recordemos, además, que la sana denuncia resulta constructiva incluso para aquél cuyos actos son denunciados. Esto es algo que deberían considerar quienes amparan su cobardía en excusas del tipo de las arriba mencionadas. Cuando Juan el Bautista señaló al rey Herodes su adulterio (Marcos 6:18), le estaba dando la oportunidad al tetrarca de recapacitar. De hecho, la Escritura parece darnos a entender que el buen Juan logró que Herodes al menos se replantease su impía conducta, pues nos dice que “le escuchaba de buena gana” (6:20).

Tengamos, pues, cuidado con callar demasiado. Al hacerlo, no sólo podemos estar coadyuvando a perpetuar relaciones injustas, sino que además perderemos la ocasión de ayudar a quienes las provocan; contribuyendo a blindar así, no solamente su posición de poder sino también sus tendencias pecaminosas. ¿Es eso ayudar al hermano que está siendo injusto?

¿Vientos de renovación?

La autocrítica necesaria pasa por cuestionarnos cuáles son las actitudes y prácticas mundanas, en el peor sentido del adjetivo, pueden estar caracterizando nuestras conductas. ¿Qué guía realmente cada una de nuestras palabras, actos y pensamientos? ¿Los valores del mundo, o los valores del Reino (cf. Juan 18:36; Santiago 2:12)?

Esto no es menos relevante a nivel institucional. Parece que nuestros dirigentes mundiales, los mismos que saludablemente vienen impulsando la campaña de reavivamiento y reforma, se han dado cuenta de ello. Aunque, quizá todavía de manera un tanto tímida, en los últimos tiempos hablan cada vez más explícitamente de la necesidad de una mayor transparencia y de “mejorar la cultura de liderazgo en nuestra iglesia”. Aludiendo, en principio, especialmente a importantes asuntos financieros, subrayan la necesidad de tratarlos de manera abierta y asertiva. El presidente mundial, Ted Wilson “dijo que los miembros del consejo no deben temer a las preguntas que se les presenten. ‘En los consejos, hagan preguntas. No asuman que otros se vayan a preocupar por ello’, dijo”. Y el presidente de la División Norteamericana, rechazando el amiguismo en esos ámbitos, agregó en línea similar: “No debería haber amigos en salas de juntas … si me siento en esa mesa y respondo a las preguntas sobre las que el consejo me pide explicaciones porque soy un amigo, realmente no tengo nada que hacer en esa mesa. Deben desafiarme y hacerlo con una sonrisa” (negrita añadida). Se trata de una invitación opuesta a la exigencia habitual de muchos dirigentes de nuestra iglesia, que esperan e incluso exigen confianza acrítica en ellos por parte de los miembros, cuando lo realmente sano es controlar –“con una sonrisa”, es cierto– a quienes están en cargos de autoridad, siempre tan susceptibles de convertirse en posiciones de poder.

El subtesorero mundial, Juan Prestol, resaltó que las auditorías son necesarias pero que sobre todo “es una cuestión de carácter” moral. Incluso añadió algo tan radical como que son precisos “cambios en el ADN del liderazgo Adventista”.

Pero, como también ha señalado el propio Wilson en el Concilio Anual de octubre pasado, “la transparencia y la responsabilidad abarcan mucho más que sólo actividades financieras”.

Aún más, el secretario mundial de la iglesia afirmó que “la transparencia tiene que seguir siendo la postura natural de la iglesia” (palabras sin duda un tanto diplomáticas, pues más bien parece que hace tiempo dejó de serlo). En el mismo concilio, hubo delegados que ofrecieron sugerencias para promover la transparencia por parte de los dirigentes: “dar ejemplo”, “garantizar la apertura”, “minimizar los riesgos de que la gente sienta temor de hablar”.

Lo digan o no los dirigentes de la IASD, aunque desde luego se agradece que lo digan, lo cierto es que ningún hermano tiene que sentirse culpable por anhelar y promover una renovación institucional de nuestra iglesia, de la cual a fin de cuentas forma parte. Es más, es su deber moral propugnarla, sin temor a ejercer su libertad de expresión, sea cual sea la posición que ocupe dentro de la comunidad adventista del séptimo día. Todos somos iglesia. Reducir ésta a la iglesia-institución es pervertir el mensaje de Cristo y los apóstoles (ver Mateo 10:32; Marcos 16:15-18; Romanos 2:11; Gálatas 3:28).

En consonancia con ello, en este blog seguiremos abordando la necesidad, no sólo de reavivamiento y reforma en la vida espiritual de los miembros, sino también de la tercera erre: la renovación institucional y regeneración moral que la iglesia-institución necesita (lo cual pasa por desinstitucionalizarse al máximo). Y con ese fin iremos detallando, siempre que sea preciso, algunos males que aquejan a la misma.

Pues los vientos de renovación que soplan desde la sede de la Asociación General todavía no han llegado a los diferentes campos mundiales que la componen.

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Published in: on 10/03/2012 at 12:38  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. […] Ya vimos cómo el órgano supremo de la IASD, la Asociación General, viene últimamente fomentando esas libertades y esos derechos, delatando así su extensa conculcación en muchos ámbitos de nuestra iglesia. Resulta saludablemente coherente que los mismos hermanos que han decidido la difusión masiva de El conflicto promuevan uno de los valores fundamentales que exalta esta obra. ¿Son igualmente coherentes a este respecto otras instancias de nuestra iglesia? […]


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