Oración como subordinación: “Hágase tu voluntad”

“Vergüenza para la desidia humana. Tiene Él más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias” (Agustín).

Pedimos poco. Por pura desidia, es cierto, pero también por una suerte de incredulidad antropomorfista. Escasamente generosos, le atribuimos a Dios una tacañería comparable a la nuestra. Y aun si en el pasado recibimos la anhelada respuesta, pensamos que no hemos de molestarle con más ruegos al menos por un tiempo prudencial. Frente a ello el gran Spurgeon decía: “No os contentéis con respuestas pasadas, sino doblad vuestras peticiones e id a ello de nuevo. Contemplad vuestras peticiones pasadas como el extremo final de la cuña que abre el camino para otras mayores… Pide diez, y si Dios te lo da, pide mil, y sigue pidiendo hasta que al final recibirás de manera positiva gracia suficiente para pedir, si fuera apropiado, un favor tan enorme como el que pidió Moisés: ‘Te ruego que me muestres tu gloria’”.

Pero además parece que, nunca maduros del todo, siempre nos cabe la duda de si Dios responde nuestras oraciones. Cuando en realidad nuestra preocupación primera no ha de ser esa, sino saber si las escucha.

¿Las escucha? El único requisito es que respondan a un clamor sincero. Dios pone el resto. ¿Acaso no “es amor” (1 Juan 4:8)? ¿No está deseando que le pidamos (Mateo 7:7)? Aun si somos torpes al pedir, ¿no interviene el Espíritu con sus “gemidos” para ayudarnos (Romanos 8:26)?

¿En qué consiste, entonces, ese clamor sincero? En Zacarías 7 leemos cómo se queja Dios de la actitud de su pueblo. Les acusa de una devoción puramente formal y vacía. De ignorar su Voluntad (“Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír”, v. 7), siguiendo la suya, humana y débil. Con el desastre consiguiente. Y entonces se vuelven al Señor, ahora sí preocupados. Y él replica, más que responder, a través del profeta: “Y aconteció que así como él clamó, y no escucharon, también ellos clamaron, y yo no escuché, dice Jehová de los ejércitos” (7:12). Porque con Dios no se juega. Porque solo respetándole podemos crecer (Salmos 34:9).

El clamor sincero no tiene que ver tanto con nuestro deseo como con nuestra necesidad. Lo recuerda Santiago: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Sant. 4: 3). Ahí el apóstol usa el verbo “recibir”, pero es que quien ora con frivolidad ni la atención divina recibe. Dios no le escucha porque si lo hiciera lo estaría maleducando.

Cuando el clamor sincero existe, no debemos dudar de que el Padre amante nos escucha. Y eso, al conectarnos con su voluntad llena de amor por nosotros, debería bastarnos. Pues resulta suficiente para saber que estamos en sus Manos, en las mejores manos imaginables. ¿Qué más podemos pedir? Seguir en ellas.

Esta convicción ya es fe sólida y madura. Y volviendo a Agustín: “La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe”.

Asumiendo todo lo anterior llegamos a comprender que el “secreto”, accesible a cualquiera, consiste en subordinarnos voluntariamente a él y dejar que él haga el resto. La oración no es tanto conexión directa con el Poder Supremo, que a fin de cuentas nunca podremos manejar a nuestro antojo, cuanto humilde y plena sintonía con la Voluntad que lo maneja. Por eso seguramente la oración por antonomasia, la oración de las oraciones, la que resume finalmente qué es orar, es esa tan sencilla que dice: “Hágase tu voluntad” (Mateo 6:10).

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Published in: on 03/03/2012 at 12:47  Dejar un comentario  

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